
Cada 13 de octubre, auspiciado por la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), el mundo conmemora el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres. Sin embargo, esta fecha nos obliga a derribar un viejo mito: las catástrofes que vemos en las noticias no son meros accidentes de la naturaleza. Si bien los terremotos, huracanes y sequías son fenómenos físicos inevitables, el hecho de que se conviertan en tragedias humanitarias y económicas depende directamente de nuestra vulnerabilidad, desigualdad y falta de planificación.
Bajo las pautas fijadas por el Marco de Sendai (2015-2030) y bajo la premisa global de que "la resiliencia empieza en casa", la atención se desplaza de la costosa respuesta de emergencia hacia el blindaje preventivo de nuestros hogares, industrias o municipios.
La primera línea de defensa: El hogar y la ciudad.
Tradicionalmente se piensa que la gestión de catástrofes compete exclusivamente a los gobiernos o a los servicios de bomberos o protección civil. No obstante, las experiencias más exitosas a nivel global demuestran que la participación local salva vidas. Ciudades en desarrollo implementan hoy mapeos de riesgo estructural mediante drones, mientras que otros modelos inclusivos reubican de manera segura a comunidades enteras expuestas a inundaciones constantes. Cuando una vivienda es segura y una familia sabe cómo actuar, el impacto del fenómeno se reduce de forma drástica.
La recién aprobada Directriz Básica de Planificación de Protección Civil de la Autoprotección (BOE 10 de octubre de 2026), que ya lo citaba la anterior Norma Básica de 2007, mantiene que:
“La obligación de los poderes públicos de garantizar el derecho a la vida y la integridad física, como el más importante de todos los derechos fundamentales, incluido en el artículo 15 de la Constitución Española, debe plantearse no sólo de forma que la ciudadanía alcance la protección a través de las administraciones públicas, sino que se ha de procurar la adopción de medidas destinadas a la prevención y control de riesgos en su origen, así como a la actuación inicial en las situaciones de emergencia que pudieran presentarse.”
Financiar la prevención, no la destrucción.
El coste real de los desastres a nivel global se estima en unos 2,3 billones de dólares anuales. Pese a esta alarmante cifra, los presupuestos públicos destinan por lo general menos del 1% a la reducción del riesgo. La ecuación es simple y urgente: es hora de financiar la adaptación y la resiliencia antes de que ocurra la crisis, en lugar de gastar fortunas reconstruyendo sobre las mismas zonas vulnerables. El cambio climático está duplicando la frecuencia de eventos meteorológicos extremos; ignorar estas amenazas en la planificación del territorio ya no es una opción viable.
Compromiso social y cultura de prevención colectiva.
La mitigación del riesgo empieza por la educación. Aprender a trazar un sencillo plan de emergencia familiar desde la Escuela, formar en la prevención de riesgos en el puesto de trabajo, entrenar a nuestros servicios públicos para prevenir, proteger y actuar en caso de grave emergencia, respetar los ordenamientos ecológicos locales o exigir infraestructuras públicas seguras, eficaces y sostenibles, son acciones ciudadanas cruciales.
Los fenómenos de la Tierra seguirán ocurriendo, pero erradicar los desastres está en nuestras manos. Comienza desde hoy en tu casa, en tu empresa o en tu municipio.
